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La depresión en adolescentes

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La propia adolescencia, como etapa evolutiva del desarrollo, está expuesta a una serie de cambios tanto físicos como emocionales. Es una etapa de confusión e incertidumbre, en la cual se descubre la propia identidad y se acaba de formar la personalidad, por lo tanto no siempre es fácil para los familiares de un chico o chica adolescente diferenciar los síntomas de la depresión entre las dificultades propias de la adolescencia.

A diferencia de los adultos, que tienen la capacidad de buscar ayuda por su cuenta, los adolescentes esperan que las personas de su alrededor reconozcan su sufrimiento.

El mal humor o rebeldía son normales en la etapa de la adolescencia. Pero los cambios persistentes de personalidad, de estado de ánimo o de comportamiento son señales de alerta de que existe un problema más grave.

Las señales de la depresión no siempre son obvias. Los adolescentes con depresión no necesariamente muestran tristeza sino que pueden manifestar irritabilidad, enfado o agitación. Otro de los elementos claves y que pueden hacernos sospechar, es si el chico o chica se aparta de sus amistades y predomina el aislamiento. Las relaciones interpersonales suelen verse afectadas en la depresión adolescente.

También suelen perder el interés en actividades que antes les resultaban agradables, es decir, dejan de practicar algún deporte, algún hobby…

Se observa un peor rendimiento académico y un desinterés por los estudios. Es frecuente que dejen de asistir a clase y sus notas bajen considerablemente.   Por ello es importante hablar con el/la tutor/a de nuestro/a hijo/a para saber cual ha sido su asistencia al instituto y si ha observado algún cambio en su comportamiento o actitud.

Hay que prestar atención de igual modo, a cualquier cambio en los hábitos alimentarios, es decir, pérdida del apetito o por el contrario hambre en exceso.

El sueño también suele verse alterado, les cuesta conciliar el sueño, suelen despertarse durante la noche o a pesar de haber dormido las horas necesarias sienten fatiga o falta de energía.

En los adolescentes con depresión predomina la falta de entusiasmo y de motivación, no sienten interés por nada ni le encuentran sentido a nada.

Si como padres sospechan que su hijo/a podría estar deprimido, hable con él o ella de sus preocupaciones de una manera cercana. Incluso aunque no esté seguro de que la depresión sea el problema, los comportamientos problemáticos y las emociones que está viendo pueden ser signos de alarma de un problema que debe hablarse. Hablar con el adolescente sobre sus preocupaciones y hacerle saber que está dispuesto a escuchar lo que le ocurre e intentar ayudarle en lo que necesite. El adolescente necesita sentirse apoyado pero hay que evitar que se sientan acorralados o interrogados.

 

Consejos para comunicarse con un adolescente deprimido

Es importante escuchar e intentar no juzgar o criticar a su hijo/a.

  • Si su hijo se cierra y no quiere hablar al principio no se rinda.   Incluso aunque quieran hablar sobre ello, pueden tener dificultades para expresar lo que sienten. Hay que ser respetuoso con los tiempos y no presionar, hasta que su hijo se sienta cómodo para poder explicar como se siente.
  • Reconozca sus emociones y sentimientos. Incluso aunque le parezcan absurdos, es importante empatizar y validar sus emociones. Si le quitamos importancia, se sentirán como si no les tomaran en serio. Lo único que necesitan es sentirse apoyados y comprendidos.

El apoyo por parte de sus familiares puede ser de gran ayuda para los adolescentes deprimidos, pero no siempre es suficiente. Cuando la depresión es grave, es necesario buscar ayuda profesional.

Desde nuestro centro de psicología trabajamos con niños y adolescentes, así como con su familia y otros profesionales implicados. Nos adaptamos a las necesidades de cada paciente, ya que, para nosotros es fundamental una buena relación entre psicólogo y paciente como base de la intervención.

 

Raquel Bello
Nº Col 25124


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Claves para manejar el mal comportamiento

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Vinculado a lo que explicábamos el mes anterior, una mala conducta puede responder a diversos factores y algunos de ellos están relacionados con el entorno del niño o de la niña. Como decíamos entender qué puede estar produciendo malestar a nuestro hijo/a va a ser determinante para que nuestra respuesta sea adecuada y eficaz.

Normalizando la infancia.

Hemos de tener en mente que durante la infancia se aprende absolutamente todo sobre el mundo que nos rodea. Así pues, los más pequeños se encuentran prácticamente cada día con situaciones nuevas en las que se recomienda al adulto que anticipe lo que verá o hará y, sobretodo, explicarle qué se espera de él o ella.

Por esto y por qué los niños exploran el mundo con ilusión y mucha energía, en muchas ocasiones se mostrarán muy movidos y que requieran especial atención y paciencia por parte de un adulto. Estas características innatas de los más pequeños son habituales y no se han de considerar un mal comportamiento.

Pero… ¿Qué entendemos como “mal comportamiento”?

Un “mal comportamiento” es aquella acción que un niño hace siendo conocedor de las normas y, por lo tanto, de lo que se espera y no de él o de ella.

Algunos consejos desde PsicoSabadell:

  1. Explicar y enseñar lo que debe y no debe hacer: en algunas ocasiones se nos pasa por alto a los adultos enseñar a los pequeños, los cuales cada día se enfrentan a situaciones nuevas, lo que se espera de ellos y lo que no. De igual modo, un ejemplo mostrado por el adulto ayudará al pequeño a entender la nueva situación.
    Modular el ambiente: Disponer de un ambiente rico y estimulante es una manera excelente de propiciar situaciones y experiencias a nuestros pequeños para que vayan aprendiendo y desarrollándose. Como todo en la vida los extremos no son aconsejables por lo que un ambiente excesivamente cargado o estimulado (véase, ruidos, luces, mucha gente) hará que el niño se sienta sobrepasado y que ello le genere cierta ansiedad.
    Por el contrario, un ambiente pobremente estimulado provocará aburrimiento y, junto con la poca paciencia característica de los niños, se mostrará impaciente y movido.
  2. Enseñar conductas apropiadas: para ello, primero el adulto habrá explicado y enseñado lo que se debe hacer o lo que se espera de él o ella y, segundo, se le mostrará una recompensa por haberla llevado a cabo. Dicha recompensa puede ser verbal (un elogio, decir que estamos orgullosos, prestar atención plena al niño), puede ser situacional (ir al parque, al zoo, hacer alguna actividad que le guste) o material (un juguete), aunque aconsejamos no abusar de estas.
  3. Eliminar conductas inapropiadas: como hemos dicho antes, una vez el niño o la niña sepa lo que no se debe hacer o lo que no se espera de él o ella, ignoraremos las conductas no apropiadas y sólo prestaremos atención a la que nos interesan. Esto requiere de muchísima paciencia y constancia para que surjan efecto.
  4. Actitud calmada: aunque sabemos que cuesta horrores en esos momentos de estrés, mantenerse firmes y con actitud lo más calmada posible reforzará nuestra actitud y contendrá las emociones de nuestros hijos.

 

Desde PsicoSabadell como centro de psicología, y especialistas en el área infanto-juvenil ofrecemos orientación y apoyo de nuestras profesionales en ésta y otras dificultades durante el desarrollo de vuestros hijos.

Por:   Jessica Arjona
Núm. Col.21919


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Claves para entender el mal comportamiento

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La presencia de conducta disruptiva o perturbadora es una de las demandas más frecuentes que los profesionales de la psicología infanto-juvenil encuentran en su día a día.

Padres o profesores que se encuentran sin las herramientas suficientes o adecuadas para manejar al pequeño en esos momentos difíciles. Sin embargo, cuando hablamos de conducta disruptiva a uno le viene directamente a la cabeza aquellos casos extremos en los que la violencia física o verbal está a la orden del día, pero con frecuencia nos olvidamos de aquellos menores que actúan precisamente, al contrario, mostrándose excesivamente inhibidos, en el sentido de que les cuesta iniciar o mantener las relaciones interpersonales con su entorno.

En ambos casos hay un denominador común: una situación emocional que no ha sido resuelta y que ello provoca un grado variable de malestar al menor.

¿Qué os podemos aconsejar?

En primer lugar, se aconseja descartar los malestares más básicos, como son: falta de sueño, hambre, incomodidad con la ropa, etc. Si no es eso, es posible que las rabietas se deban a malestar físico o enfermedad.

En segundo lugar, si se ha descartado molestias físicas o las necesidades básicas, es necesario que los adultos entiendan el origen de dicho malestar y, sobretodo, no etiquetar al menor puesto que ello supone más desventajas que ventajas.

En tercer lugar, es difícil poder influir en la conducta de otra persona si éste no es consciente de su problema, por lo que va a ser un punto clave para la resolución el que el menor, especialmente si es un adolescente ya que poseen mayor capacidad de razonamiento interno que los más pequeños, entienda y reconozca qué ha originado el malestar.

Si nos encontramos ante esta situación, es habitual también buscar el origen en cambios importantes en su entorno más próximo, especialmente en el seno familiar. Los niños pequeños aún no poseen las herramientas necesarias para adaptarse con éxito a los cambios significativos, por lo que una manera de manifestar su dolor o no comprensión es a través de una mala conducta en casa, en la escuela o una bajada en sus calificaciones.

Una vez se haya localizado el origen del problema, queda como responsabilidad directa de los adultos el mostrarse pacientes, comprensivos con el malestar del menor, aunque en ocasiones las causas puedan parecer ínfimas para un adulto, no es así para un niño. Ofrecer apoyo, comprensión y, sobretodo, proporcionar alternativas para solucionar su problema pueden ser unas buenas bases para iniciar la recuperación.

Nunca olvidemos que los padres y los adultos en general, somos un modelo a seguir para los más pequeños, ofrecer seguridad y coherencia son algunas de las claves para enderezar la conducta.

Desde PsicoSabadell ofrecemos orientación y apoyo de nuestras profesionales en ésta y otras dificultades durante el desarrollo de vuestros hijos.

Por:   Jessica Arjona
Núm. Col.21919

Defiance


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