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Cuidar a los padres para que puedan cuidar

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Ser padre es una experiencia para la cual no existe un aprendizaje previo, por ello, a veces, ciertos cometidos se tornan difíciles de gestionar. Hablamos de poner límites a los niños desde una edad temprana. 

Poner límites no solo está dirigido a establecer normas o pautas de conducta, sino que tiene beneficios como: la expresión adecuada de los deseos y sentimientos o aprender a tolerar la frustración. Además, de promover habilidades sociales aprendiendo a respetar los límites de los demás, generando un control sobre sí mismo y produciendo una adecuada relación con los padres.

El establecer límites en la infancia se refiere a que los padres concretéis desde los primeros años de vida del niño, las normas y reglas que este debe cumplir en casa y fuera de ella, con el objetivo de modular la conducta del mismo de forma adecuada. Esto, a su vez, contribuye a mantener un vínculo seguro con los niños

Sin embargo establecer límites no se refiere a destruir la voluntad del niño o de suprimirla, sino de guiarla y proporcionar ocasiones y herramientas para ejercerla. 

A la hora de establecer límites hay que tener en cuenta que las normas y reglas sean sencillas y simples, que el niño tenga claro cuáles van a ser las consecuencias si no las cumple, por tanto, que se anticipen, y que estas sean proporcionadas. 

Además, informar claramente al niño no sólo de lo que debe hacer, sino las consecuencias positivas o negativas que tendrá su comportamiento, le permite desarrollar la seguridad y protección que necesita para un proceso de crecimiento adecuado.

Pero, aunque la teoría pueda parecer fácil, la realidad es que a la hora de llevarlo a la práctica existen muchos factores condicionantes, como por ejemplo, el vínculo que vosotros, como hijos, tuvísteis con vuestros padres, la educación que recibísteis, el contexto familiar actual, las circunstancias socio-económicas, el tiempo… Todo ello, a veces hace que no sea fácil la gestión, que podáis dudar sobre si lo estáis haciendo adecuadamente o que os falten herramientas para situaciones o reacciones concretas. 

El equipo infato-juvenil, queremos destacar que lidiar con sentimientos difíciles y la seguridad como padres, fomenta experiencias de seguridad que pueden transmitirse a las relaciones con los hijos, además de ser potenciar las fortalezas parentales. 

Lo que los padres pensáis acerca de vosotros mismos, lo que esperáis de vuestro propio rendimiento en términos de éxito o fracaso, como interpretáis o describís vuestras acciones o el futuro que véis para vosotros mismos y vuestros hijos condicionan vuestras prácticas de crianza

Por ello, que los padres podáis parar y pensar, de cara a reconocer las interpretaciones y los significados que atribuís a la conducta de vuestros hijos y a vuestra propia experiencia como padres, contribuye a interacciones donde los niños transmiten con eficacia sus necesidades y afectos, ofreciendo respuestas adecuadas. 

Es importante tener en cuenta, que las interacciones niño-cuidador no son un circuito perfecto y de eficacia constante, sino más bien un proceso imperfecto, abierto y basado en el ajuste dinámico: ambas partes se buscan, señalan sus estados y necesidades, negocian constantemente intercambios que contribuyen al bienestar

Desde PsicoSabadell, creemos que cuidar de los padres es el requisito imprescindible para que ellos puedan cuidar de sus hijos. Por este motivo, si sientes que necesitas pautas para poner límites y normas a tus hijos, ponte en contacto con nosotros. 

Triana Lara 
Nº Col. 28086
Psicóloga General Sanitaria


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Poner límites sin limitar el desarrollo

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Todos los niños necesitan limites. De hecho cuando estamos en la barriga de la madre el propio útero limita un espacio en el cual nos sentimos recogidos y protegidos. Cuando los bebes nacen con prematuridad en el mismo hospital les colocan pequeños cojines envueltos a su alrededor para limitar su espacio y de esta manera proporcionarle una sensación de calma.

Los niños deben jugar, descubrir el mundo, ser curiosos, explorar, indagar… y es en este procesos de búsqueda que necesitan un mapa; unos padres que le muestren cual es el mejor camino para llegar a donde quieran ir.  Tenemos que tener en cuenta que los limites tienen que basarse en las necesidades del niño y no en las de los adultos. Frecuentemente cometemos el error de controlar en exceso las conductas de los niños precisamente porque a nosotros nos reconforta y tranquiliza saber en todo momento que hace y con quien está pero limitar no significar tener  un control excesivo u obsesivo de nuestros hijos.

Hay que tener claro que lo que hay que limitar es la conducta y no los sentimientos. Poner limites tiene que combinarse con mostrar afecto siempre y recordar decir a nuestros hijos donde pueden llegar y explicar el porque es una función básica de los padres. No podemos pensar que la escuela tiene que asumir esta responsabilidad, en todo caso la complementa.

Los niños no nos querrán menos porque les pongamos limites adecuados y con un objetivo claro.  De hecho, sentir que tienen una barrera que no pueden traspasar es fundamental para sentirse integrados en la sociedad a medida que crecen.

Está demostrado que tanto la ausencia de límites, como una educación excesivamente restrictiva genera dificultades en el comportamiento del niño / adolescente. Por este motivo es fundamental ser capaz de encontrar el equilibrio de un correcto establecimiento de límites y la muestra afectiva y comprensión que los más pequeños necesitan para desarrollarse de forma adecuada.

En PsicoSabadell disponemos de un equipo especializado para daros pautas educativas y talleres para padres que serán una guía en el proceso de la educación con vuestros hijos.

 

Raquel Bello
Nº Col 25124


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La autonomía en los niños

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Cuando se habla de autonomía se hace referencia a la capacidad del ser humano para desarrollar actividades y/o acciones donde éste sea el único agente que tiene el control sobre dichas acciones y, por lo tanto, es él quien las dirige de la manera que cree más oportuna.

La autonomía, no obstante, es un proceso que se va adquiriendo poco a poco desde que nacemos mediante la educación que recibimos. Por lo tanto, dependiendo del patrón educativo que ejerzan nuestros padres sobre nosotros, adquiriremos un tipo de autonomía u otro. Esto es, seremos más o menos dependiente en función de cómo nos hayamos ido educando.

Por qué es importante fomentar la autonomía

Es esencial ir adquiriendo autonomía desde la más tierna infancia por diversos motivos:

  • Resolución de problemas. Es importante que el niño aprenda a solucionar sus propios problemas de manera autónoma y sin la ayuda de un adulto. De esta manera se busca que nunca tengan que recurrir a la figura materna o paterna para que sean ellos quienes hagan el trabajo y les facilite la existencia.
  • Aprender a valerse por sí mismos. No existe mayor satisfacción que el saberse capaz de realizar determinadas acciones sin depender de otra persona. Esto hace aumentar la autoestima de toda persona que, a su vez, conlleva a un óptimo estado emocional, que sería la base para la estabilidad de cualquier ser humano.
  • Marcar límites. Los niños necesitan límites y necesitan que sus padres les indiquen esos límites y las consecuencias de traspasar dichos límites, los cuales les proporcionan tranquilidad en su desarrollo.

Qué pasa cuando esta autonomía es inexistente o está poco instaurada en el niño

Si siempre se hace los trabajos por el niño, si no se le deja que se enfrente a sus problemas por sí mismo y solucionarlos él solo, cuando este niño sea adulto no sabrá cómo superar situaciones de la vida cotidiana en las que es necesario actuar de manera rápida y ágil. En otras palabras, no estará preparado para una vida adulta saludable. No se pueden evitar los problemas futuros que tenga el niño cuando sea adulto, pero se le pueden proporcionar herramientas y se le puede entrenar para que no le cojan desprevenido y, por lo tanto, le sea más fácil superar cualquier obstáculo. María Montessori, gran pedagoga italiana del siglo XX, decía que cualquier ayuda innecesaria que se le proporcionara al niño sería un impedimento para su desarrollo.

Además, cuando un niño es dependiente de un adulto o poco autónomo llegará a la edad adulta con una serie de dificultades, entre ellas:

  • Niveles elevados de frustración. Acostumbrado a que siempre solucionen sus problemas, no tendrá las herramientas necesarias para enfrentarse por su cuenta a la vida adulta, lo que le provocará elevados niveles de frustración al no sentirse capaz de valerse por sí mismo.
  • Baja autoestimas. Al ser consciente de que depende de otros para realizar sus tareas diarias, el niño o adulto dependiente tendrá una baja autoestima.

Cómo favorecer la autonomía en los más pequeños

Para favorecer la autonomía del adulto es imprescindible que el adulto adopte el papel de guía en los aprendizajes del niño. Es decir, haciéndole saber que el adulto está con él y lo acompaña, pero dejándolo libre para que sea el propio niño el que desarrolla las capacidades necesarias para superar sus dificultades.

Un ejemplo muy básico sería, por ejemplo, el de un niño que de repente cae mientras está jugando feliz y tranquilo. ¿Qué pasa en ese momento? El adulto que está ahí, observando lo que hace el niño, tiende a correr para ir en su búsqueda y cogerlo del suelo. Esta acción no está mal teniendo en cuenta que al adulto no le gusta que su niño caiga al suelo y se haga daño, pero pequeñas acciones como estas inhabilitan al niño, lo anulan. En ese momento el niño piensa que él por sí mismo no puede levantarse y ha venido el adulto a recogerlo… ¡Menos mal que estaba el padre, madre o cualquier otro adulto cerca! El mensaje que se le debería dar es el de que estás ahí con él, lo acompañas, sabes que se ha caído y posiblemente se haya hecho daño, lo entiendes y empatizas con él, pero a la vez debes animarlo y empoderarlo para que sea capaz por sí mismo de levantarse. Y esto no quiere decir que no se pueda coger al niño, sino que, por ejemple, se le puede dar una mano y ayudarlo, lo cual será mejor que levantarlo directamente sin darle la oportunidad de hacerlo por sí mismo.

 

Tania Visiga Delgado
Num. Col. 1109


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Claves para manejar la frustración en los niños

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Una característica de los niños pequeños es que son “egocéntricos”, esto se refiere a la creencia del niño a considerarse el centro del mundo y no tener en consideración las necesidades de los demás. Esto es una fase en su proceso de evolución y desarrollo de las emociones. Sin embargo, a partir de los 6 años es cuando los niños empiezan poco a poco a tener en cuenta los deseos de los demás, las emociones que puedan tener y a entender puntos de vista ajenos (esto sucede a partir de la pre-adolescencia, 10-12 años).

Sin embargo, hay niños y niñas que manifiestan un grado de “egocentrismo” mayor o más acentuado de lo esperable para su momento evolutivo.

¿A qué hacemos referencia?

Nos referimos a aquellos niños que tienen dificultades mayores para manejar sus emociones, con menor tolerancia a las normas o a los límites, que buscan la satisfacción inmediata y, aunque es una reacción habitual, si no se les proporciona generan estallidos de rabia y enfado más desproporcionados de lo esperado según la situación.

Estas son algunas de las características de los niños y niñas con baja tolerancia a la frustración. Aunque, cabe decir, que no es una característica única en los niños sino que también podemos encontrarla frecuentemente en los adultos.

¿Qué podemos hacer?

Por suerte siempre podemos entrenar a los niños para que toleren mejor las frustraciones y los planes fallidos. Sin embargo, es importante tener en cuenta que cuanto mayor sea el niño, y no cabe decir si está en plena adolescencia, la dificultad aumenta.

Desde PsicoSabadell os sugerimos las siguientes pautas:

  • Evitar resolver los problemas a nuestros hijos de manera sistemática.
  • Permitir que se equivoquen.
  • Cuando manifiesten algún sentimiento negativo, como rabia, enfado o tristeza, acompañarles pacientemente. Una vez se hayan calmado, ayudarles a entender qué ha pasado y poner nombre a lo que les pasa.
  • En ningún caso ceder a los chantajes o enfados de los niños, de este modo aprender que si muestran rabietas conseguirán lo que desean.
  • Mostrarles cómo hacer las cosas, darles ejemplo.
  • Enseñarles el valor del esfuerzo para conseguir sus objetivos.
  • Si ha habido algún fallo, ayudarles a entender por qué ha fallado y cómo pueden evitar hacerlo en el futuro.

Si estas pautas terapéuticas no fueran suficientes nuestro equipo multidisciplinar estará encantado de iniciar un trabajo conjunto con el niño y la familia con el fin de facilitar más fórmulas y estrategias de gestión emocional.

Por: Jessica Arjona
Nº.col. 21919


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