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Autismo y escuela

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El autismo o Trastorno del Espectro Autista (TEA) es, como su nombre bien indica, un trastorno neurobiológico del desarrollo. Los síntomas y signos de alerta comienzan ya en la primera infancia, es decir, en la etapa que comprende entre el nacimiento y los 3 años.

A pesar de que cuando oímos hablar de autismo nos viene a la cabeza la imagen de algún personaje de película realizando movimientos repetitivos y expresando frases imitadas o repetidas, con bajo coeficiente intelectual, tenemos que tener claro que hay muchos grados de autismo.

Y atendiendo a esos grados, podemos hablar de autismo de alto funcionamiento cuando hacemos referencia a aquellas personas que pueden llevar una vida totalmente normal y, en los niños, pueden estar escolarizados en una escuela ordinaria. No obstante, sus dificultades les obligaran a seguir un tratamiento psicológico y psicopedagógico para que su inclusión en el mundo social, el cual no entienden al cien por cien, les afecte lo menos posible.

¿Y en qué consiste el tratamiento de un alumno con TEA dentro de la escuela? Dependerá mucho de las características del niño, como en cualquier otro caso, así como del apoyo y trabajo que la familia realice desde casa. Pero a grandes rasgos, podemos decir que el psicopedagogo de la escuela llevará a cabo un trabajo paralelo de inclusión y adaptación al entorno escolar y académico y también será importante tratar todos aquellos aspectos relacionados con las emociones del alumno, puesto que son niños con los sentimientos muy a flor de piel y necesitarán apoyo en esta área.

Con inclusión y adaptación al entorno escolar y académico entendemos tanto la adaptación al espacio, a los compañeros, a los profesores y demás personal del centro educativo, así como la adaptación de aquellas materias en las que el alumno requiera de ayuda, en caso de que sea necesario. Una adaptación del currículum o un refuerzo más individualizo pueden ayudar al alumno a seguir las clases con total normalidad. Siempre siguiendo las necesidades individuales de cada uno, puesto que cada niño es diferente y, por tanto, nunca habrá dos casos iguales.

Este aspecto es muy importante puesto que son alumnos vulnerables los cuales a veces no acaban de entender las relaciones sociales y pueden malinterpretar comentarios de los compañeros o incluso sentirse excluidos o fuera de lugar, como si ellos no perteneciesen a esa escuela, a ese grupo de compañeros, etc.

Por otro lado, también es fundamental una buena comunicación entre la escuela y la familia. Esta comunicación está pensada para ayudar al alumno tanto en el entorno familiar como en el escolar, por eso es importante que se dé con asiduidad y cualquier cambio que experimente el niño a nivel familiar, el colegio deberá estar al día para poder trabajarlo también desde aquí, puesto que, al ser niños tan sensibles, seguramente les afectará en su día a día.

Así pues, la familia y la escuela tienen que trabajar unidas por el bien del alumno, para conseguir que sea un niño autónomo y pueda llevar una vida lo más normalizada posible.

Tania Visiga Delgado
Num.Col. 1109




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Se termina el verano

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Se termina el verano y en muchas ocasiones sentimos una alteración en nuestro estado de ánimo.
Algunos de los factores que suelen interferir son:

  • Las despedidas y la separación de seres queridos con los que nos hemos reunido
  • La confrontación con la vuelta a la rutina
  • La asunción de responsabilidades con el nuevo curso
  • La disminución de exposición lumínica (ya que los días vuelven a ser cada vez más cortos)
  • Vuelta a la normalidad de nuestras rutinas alteradas durante el verano (tanto los horarios de comidas, como las horas de sueño)
  • La tendencia anticipatoria de lo que nos espera en el nuevo curso y las presiones y objetivos marcados, que siempre son un foco de presión (impuesta o autoimpuesta)

Cuando aparecen los síntomas secundarios a todos estos cambios o aspectos, y se mantienen durante más de dos semanas es cuando hablamos de depresión postvacacional. En líneas generales consiste en un desánimo general y una afectación con síntomas ansioso-depresivos, ligados especialmente al trabajo y al hecho de pensar en retomar nuestra vida laboral tras las vacaciones.

Las consecuencias de este trastorno no son graves y tampoco suele durar mucho en el tiempo, ya que el organismo termina por adaptarse. Pero en el caso de aquellos pacientes que ya tengan cierta tendencia a la alteración emocional es importante supervisar como afrontan este cambio para que no de lugar a una recaída o derive en una depresión mayor.

Para que esto no suceda os dejamos algunas de las pautas que pueden contribuir a que la vuelta al trabajo sea más liviana:
– Un buen planteamiento del primer día: No magnificar lo que representa el inicio, si no más bien darle un enfoque opuesto. Es decir, centrarnos en los aspectos positivos como por ejemplo volver a ver a los compañeros, pensar en la energía que tenemos ahora en comparación con el previo a las vacaciones, marcarnos nuevos objetivos que nos motiven, buscar nuevos alicientes…
– Tomártelo con calma: se consciente de que a todo el mundo en tu entorno laboral le estará ocurriendo lo mismo, y que por tanto no te debes de presionar por ello si no más bien procurar que la vuelta sea progresiva en cuanto a los niveles de exigencia y también a los objetivos que te marques. Organizarte de una manera minuciosa, darte tiempo y especialmente baja las expectativas iniciales.
-Intenta normalizar: Retomar los hábitos saludables y rutinas que seguramente habían desaparecido durante el periodo vacacional puede ser una gran ayuda. Además de ser fundamental para organizar de nuevo nuestros ritmos circadianos (nuestro reloj biológico), te ayudará a no tener tanto tiempo para pensar en lo que se ha terminado. Logrando mayor focalización en las novedades y aspectos positivos del día a día.

-Mantén el autocuidado personal: si añoras tanto los hábitos de descanso, puede ser que durante el curso estés sometido/a a mucho estrés, y esta afectación puede ser un indicador de ello, ya que tu curso sabe al ritmo frenético al que nuevamente lo vas a volver a someter, por eso buscar momentos de descanso y desconexión (adaptándolos siempre a las obligaciones del día a día) y bajar el nivel de exigencia, puede ayudarte a mejorar en tus hábitos y promover otras fórmulas de funcionamiento más saludables y con ello un mejor estado de ánimo.

 


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El arte de vivir el presente

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Actualmente nuestras vidas se rigen por obligaciones, tareas y actividades muy pautadas y estructuradas, basadas en horarios, obligaciones y planificaciones estrictas. Acabamos funcionando de forma autómata o en piloto automático”, sin prestar atención a los detalles más mundanos que nos pueden llegar a satisfacer a muchos niveles.

El Mindfulness o comúnmente conocido como –atención plena– es considerado como la habilidad de vivir el presente, sin dejarse llevar por la predisposición a negar los propios pensamientos y emociones y tomando conciencia de los mismos con apertura y claridad, sin juicios. Estos juicios (– “Yo no valgo”, “Todo lo hago mal”, “Nunca consigo lo que quiero” –) entre otros, tienen un impacto, generalmente negativo, en la persona y su estado de ánimo, y especialmente cuando nos criticamos a nosotros mismos por tener esos juicios (- “He vuelto a pensar que no valgo, soy lo peor” –). Con la atención plena se busca el no juzgar a ese sentenciador interno que todos podamos tener en algún momento, intentando focalizar nuestra atención de forma intencionada en el momento presente, sin enjuiciar los posibles pensamientos que puedan aparecer en el momento dejándolos ir.

Esta técnica, proveniente del budismo, pero adaptada a la cultura occidental, nos puede ayudar a combatir las distracciones que pueden surgir en nuestra vida cotidiana, tomando conciencia de lo que hacemos en cada momento y disfrutando de los placeres más sencillos (y, más olvidados), de la vida.

Empieza a destinar unos minutos al día a esta práctica y observa los cambios que genera en ti. Escoge un objeto o una imagen: mientras desayunas (el café de la mañana), mientras vas en autobús (el paisaje que observas); e incluso, mientras haces ejercicio (como se mueve tu cuerpo). Toma conciencia de ese objeto o imagen, descríbelo en su máxima especificidad, como si te transformaras en un bebé que toca o mira algo por primera vez, o en el animal que pasea por el bosque y únicamente vive el momento (ver imagen contigua). Fíjate en cómo tu mente se centra en el momento presente y se libera de otros posibles pensamientos que tienes/has tenido durante el día y, sobre todo, fíjate en la sensación que te genera esta práctica.

 


Georgina Vidal
Nº Col. 25.276


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La importancia del primer vínculo

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Los humanos establecemos vínculos constantemente con las personas que nos rodean. Con nuestra pareja, familiares, amistades, etc. Pero el vínculo más importante que creamos, es el primero de todos. Se le llama apego, y es el vínculo emocional que establecemos en edad temprana con nuestro cuidador primario, es decir con la madre, o la figura de referencia en nuestro cuidado.  

Los bebes nacen con conductas, como el balbuceo, las sonrisas, la necesidad de contacto, el llanto, etc., destinadas a generar respuestas en sus cuidadores para generar así el vínculo. Pero también poseen un comportamiento innato que les lleva a explorar cosas nuevas. Un apego seguro genera en los bebes un sentimiento de aceptación y de protección incondicional de sus cuidadores, proporcionándoles la seguridad emocional necesaria para el buen desarrollo de su personalidad y una base segura para explorar el mundo que les rodea. Por contra, la dificultad de acceso o la inacción de su cuidador, puede generar un estado de ansiedad o temor en los bebes.

El tipo de apego que adquirimos se suele mantener a lo largo de la vida, construyendo un modelo de personalidad propio con creencias y juicios sobre nosotros mismos y los demás que condicionan los vínculos y dinámicas que establecemos en nuestra vida y nuestras relaciones.

 

Tipos de apego

Los autores que han estudiado el apego, definen tres tipos:

  • Apego seguro: es aquel en el que el niño busca la protección y la seguridad del cuidador y recibe cuidado constantemente. El cuidador suele ser afectivo y está disponible constantemente a las necesidades del niño, lo que permite al niño desarrollar un concepto de sí mismo y de confianza positivos.

De mayores, las personas que tuvieron un apego seguro, suelen ser psicológicamente estables y construyen relaciones con los demás que tienden a ser más cálidas, estables y satisfactorias.

 

  • Apego evitativo: es aquel en el que el niño crece al lado de un cuidador inaccesible emocionalmente y que desatiende constantemente sus necesidades. El niño no adquiere el sentimiento de confianza hacía si mismo que le lleve a querer explorar.

De mayores, tienden a ser solitarios, muy racionales, reprimen sus emociones, y evitan cualquier situación que les angustie. También suelen aparecer sentimientos de inseguridad y abandono.

 

  • Apego ambivalente: es aquel en el que el niño recibe una respuesta incoherente del cuidador; quien dispone de pocas habilidades y se muestra contradictorio. En ocasiones es afectuoso, y en otros momentos ignora al niño, o incluso se enfada con él.

De mayores son personas excesivamente autocríticas e inseguras. Son dependientes y se muestran constantemente desconfiadas y con miedo a ser rechazadas, aunque lo camuflen bajo comportamientos controladores.

 

  • Apego desorganizado: es aquel en el que el niño recibe del cuidador respuestas que le generan miedo debido a que se dan situaciones caóticas, incontroladas y violentas. El cuidador muestra una conducta atemorizante hacía el niño, o atemorizada por lo que sucede. El niño percibe una ausencia total de control en su seguridad, protección y estima.

De mayores muestran una personalidad temerosa, evitativa y violenta. Trasladan los sentimientos reprimidos en el pasado al presente, interpretando las cosas como peligros que les hacen reaccionar de forma impulsiva, con tres tipos de conducta: se bloquean, huyen o pelean.

 

Desde nuestro centro de psicología consideramos esencial evaluar todos los aspectos que puedan estar contribuyendo al malestar del paciente, incluyendo sus vínculos más primarios y la forma en que ahora los construye. Por lo que, si identificas aspectos en tu caso de este estilo, no dudes en contactarnos y comenzar a realizar un abordaje integrador que te ayude a detectar y adquirir estrategias para mejorar tus habilidades personales y con los demás.

 

Por:   Marta Farré
Nº Col. 23.251



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Nomofobia: miedo a soltar el móvil

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Sin darnos cuenta la tecnología se ha instaurado en nuestras vidas como si un miembro más de nuestra familia se tratase. Cabe destacar las facilidades que ésta ha traído a nuestras vidas el estar conectados constantemente. Las noticias viajan a la velocidad de la luz, podemos hablar con quien sea a miles de kilómetros de distancia en cualquier momento, y podemos consultar lo que sea obteniendo resultados de forma inmediata, entre muchas otras cosas. Todo parecen beneficios, pero como todo… en exceso es nocivo.

La nomofobia es el nombre que se la ha dado el miedo irracional a salir de casa sin el móvil. El termino proviene del ingles “no-mobile-phone phobia” y consiste en un miedo irracional que se caracteriza por una sensación de ansiedad, con síntomas somáticos como taquicardia, dolor de cabeza o estomago, y pensamientos obsesivos por el hecho de nos estar conectados o localizables.

La nomofobia no esta tipificada aun como una enfermedad mental, pero es una realidad cada vez más presente en nuestra sociedad y que pocos reconocen. Algunas de las conductas que puede experimentar una persona con nomofobia son:

  • Consultar un numero elevado de veces nuestro teléfono, incluso cuando no hay notificaciones pendientes.
  • Interactuar de forma excesiva con las personas a través del móvil para dejar de hacerlo cada vez más en persona.
  • Conectarse a internet para aliviar el malestar emocional.
  • Incapacidad de aguantar hacer uso o contestar un mensaje en situaciones en las que está prohibido el uso de los móviles.

La necesidad creciente que lleva a estas personas a hacer uso del móvil de forma irracional nace del refuerzo que genera cada mensaje recibido. Este se acompaña de estímulos luminosos y sonoros que generan en el cerebro curiosidad y placer por saber qué deparará esa notificación. Al final, mirar el móvil (aunque no haya notificación) se convierte en un automatismo de esta ecuación de refuerzo positivo.  

Esta dependencia no genera sólo refuerzo positivo sino que se acompaña de varia sintomatología negativa, como por ejemplo:

  • Dependencia y abstinencia: la persona se ve incapaz de consultar el móvil o quedarse sin batería lo que le genera ansiedad que se le hace difícil de soportar y puede llegar a generar malhumor e irritabilidad.
  • Excesiva dedicación: todas las funcionalidades de los móviles implican una dedicación excesiva en su uso, generando improductividad.
  • Obsesiones y distorsiones: la persona puede sentir la necesidad de usarlo u obsesionarse con el hecho de no poder usarlo; y además niega que tenga un problema con el uso que le da.
  • Aislamiento y conflictos con el entorno: la persona puede llegar a reducir sus contactos sociales e incluso tener problemas con los más cercanos por su adición.

Desde PsicoSabadell os podemos ayudar a detectar en que áreas de vuestra vida esta interfiriendo el uso del móvil y las nuevas tecnologías en general y facilitaros pautas específicas que os ayuden a trabajar esta dependencia para cambiar vuestros hábitos.

Por:   Marta Farré
Nº Col. 23.251

 


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La autonomía en los niños

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Cuando se habla de autonomía se hace referencia a la capacidad del ser humano para desarrollar actividades y/o acciones donde éste sea el único agente que tiene el control sobre dichas acciones y, por lo tanto, es él quien las dirige de la manera que cree más oportuna.

La autonomía, no obstante, es un proceso que se va adquiriendo poco a poco desde que nacemos mediante la educación que recibimos. Por lo tanto, dependiendo del patrón educativo que ejerzan nuestros padres sobre nosotros, adquiriremos un tipo de autonomía u otro. Esto es, seremos más o menos dependiente en función de cómo nos hayamos ido educando.

Por qué es importante fomentar la autonomía

Es esencial ir adquiriendo autonomía desde la más tierna infancia por diversos motivos:

  • Resolución de problemas. Es importante que el niño aprenda a solucionar sus propios problemas de manera autónoma y sin la ayuda de un adulto. De esta manera se busca que nunca tengan que recurrir a la figura materna o paterna para que sean ellos quienes hagan el trabajo y les facilite la existencia.
  • Aprender a valerse por sí mismos. No existe mayor satisfacción que el saberse capaz de realizar determinadas acciones sin depender de otra persona. Esto hace aumentar la autoestima de toda persona que, a su vez, conlleva a un óptimo estado emocional, que sería la base para la estabilidad de cualquier ser humano.
  • Marcar límites. Los niños necesitan límites y necesitan que sus padres les indiquen esos límites y las consecuencias de traspasar dichos límites, los cuales les proporcionan tranquilidad en su desarrollo.

Qué pasa cuando esta autonomía es inexistente o está poco instaurada en el niño

Si siempre se hace los trabajos por el niño, si no se le deja que se enfrente a sus problemas por sí mismo y solucionarlos él solo, cuando este niño sea adulto no sabrá cómo superar situaciones de la vida cotidiana en las que es necesario actuar de manera rápida y ágil. En otras palabras, no estará preparado para una vida adulta saludable. No se pueden evitar los problemas futuros que tenga el niño cuando sea adulto, pero se le pueden proporcionar herramientas y se le puede entrenar para que no le cojan desprevenido y, por lo tanto, le sea más fácil superar cualquier obstáculo. María Montessori, gran pedagoga italiana del siglo XX, decía que cualquier ayuda innecesaria que se le proporcionara al niño sería un impedimento para su desarrollo.

Además, cuando un niño es dependiente de un adulto o poco autónomo llegará a la edad adulta con una serie de dificultades, entre ellas:

  • Niveles elevados de frustración. Acostumbrado a que siempre solucionen sus problemas, no tendrá las herramientas necesarias para enfrentarse por su cuenta a la vida adulta, lo que le provocará elevados niveles de frustración al no sentirse capaz de valerse por sí mismo.
  • Baja autoestimas. Al ser consciente de que depende de otros para realizar sus tareas diarias, el niño o adulto dependiente tendrá una baja autoestima.

Cómo favorecer la autonomía en los más pequeños

Para favorecer la autonomía del adulto es imprescindible que el adulto adopte el papel de guía en los aprendizajes del niño. Es decir, haciéndole saber que el adulto está con él y lo acompaña, pero dejándolo libre para que sea el propio niño el que desarrolla las capacidades necesarias para superar sus dificultades.

Un ejemplo muy básico sería, por ejemplo, el de un niño que de repente cae mientras está jugando feliz y tranquilo. ¿Qué pasa en ese momento? El adulto que está ahí, observando lo que hace el niño, tiende a correr para ir en su búsqueda y cogerlo del suelo. Esta acción no está mal teniendo en cuenta que al adulto no le gusta que su niño caiga al suelo y se haga daño, pero pequeñas acciones como estas inhabilitan al niño, lo anulan. En ese momento el niño piensa que él por sí mismo no puede levantarse y ha venido el adulto a recogerlo… ¡Menos mal que estaba el padre, madre o cualquier otro adulto cerca! El mensaje que se le debería dar es el de que estás ahí con él, lo acompañas, sabes que se ha caído y posiblemente se haya hecho daño, lo entiendes y empatizas con él, pero a la vez debes animarlo y empoderarlo para que sea capaz por sí mismo de levantarse. Y esto no quiere decir que no se pueda coger al niño, sino que, por ejemple, se le puede dar una mano y ayudarlo, lo cual será mejor que levantarlo directamente sin darle la oportunidad de hacerlo por sí mismo.

 

Tania Visiga Delgado
Num. Col. 1109


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Los Trastornos de Personalidad

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Son muchas las ocasiones en las que pacientes que han recibido intervenciones psicoterapéuticas vuelven a recaer una y otra vez, encontrándose con una importante frustración al ver que los especialistas no dan en la diana con su problemática.  Cuando la intervención obvia hacer una evaluación sobre los rasgos de personalidad del sujeto, y únicamente nos quedamos con los síntomas que apuntan a diagnóstico en eje I, nos perdemos una gran parte de la información, y seguramente las dificultades del paciente sobre las que hay que trabajar con mayor intensidad.

Hablar de un diagnóstico en eje II es referirnos a las personas con Trastorno de Personalidad, que habitualmente tienen esquemas cognitivos que no les permiten una relación normalizada con su entorno y tampoco con su propio autoconcepto. Consideramos la presencia de un TP cuando la forma de percibirse de uno mismo, de relación con el resto y de analizar las diferentes situaciones que se dan en su vida, causan un deterioro significativo o alteran la normalidad de su funcionamiento. Y esto se presenta de forma inflexible y a pesar de ser fórmulas desadaptativas que generan malestar en el sujeto y su entorno, se mantienen.

Cuando realizámos un diagnóstico de Trastorno de Personalidad tenemos que tener en cuenta que aun que en ocasiones los síntomas  son muy similares a los de otros diagnósticos prototípicos de eje I, los primeros son mucho más complejos y difieren esencialmente en la cantidad, intensidad y perpetuidad. Además generan afectación a todo el carácter del individuo, a su forma de funcionar en el mundo y generan considerables dificultades a la hora de hacer frente a las dificultades de una manera adaptada y/o efectiva.

Estos aspectos que según la bibliografía y los manuales diagnósticos tienen que ser patrones permanentes e inflexibles de experiencia interna y de comportamiento que se apartan de las expectativas de la cultura del sujeto, tiene su inicio en la adolescencia o principio de la edad adulta, tienen que mantenerse estables a lo largo del tiempo y comportar malestar o perjuicios para el sujeto.

Desde nuestro centro de psicología y psiquiatría consideramos esencial realizar un trabajo integral y multidisciplinar, donde evaluar todos los aspectos que puedan estar contribuyendo en la alteración de la funcionalidad del sujeto, su personalidad incluida. Por lo que si identificas aspectos en tu caso de este estilo, no dudes en contactarnos y comenzar a realizar un abordaje integrador que te surta de herramientas para aprender a modular estos rasgos de personalidad.

 


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